Al parecer durante los
últimos años se han venido fortaleciendo y unificando posiciones a favor de la
recuperación y la protección del medio ambiente del planeta. Lo anterior se
evidencia en la popularidad que han tomado los protocolos, tratados y
convenios, la aparición de figuras públicas influyentes hablando del tema
ambiental, la creación y consolidación de entidades, fundaciones u
organizaciones ambientalistas y la amplia difusión que existe al respecto en
las nuevas redes sociales. Términos como Medio Ambiente, Cambio Climático,
Explotaciones Mineras, Caza Indiscriminada de Animales, entre otros, ocupan un
lugar importante en la jerga popular, en las conversaciones, en los titulares
de medios de comunicación y en las diferentes manifestaciones artísticas. El
río Bogotá, arteria vital de nuestro departamento, los páramos, tan necesarios
en el ciclo del agua, el aseo en los pueblos y ciudades, nuestra fauna,
nuestras especies nativas, toman cada vez más importancia en el imaginario
colectivo de nuestra Cundinamarca. Sin embargo nuestro Departamento tiene cada
vez más problemas a nivel ambiental, lo que demuestra una fuerte incoherencia
entre lo que se dice y lo que se hace, tal como lo menciona el texto de la Declaración
de Malmo (Suecia) en el año 2000 en su numeral 2: “Existe una alarmante
discordancia entre los compromisos y las acciones” [1]. Considero entonces que necesitamos menos
palabras y más acciones, menos popularidad y más trabajo, o como dice un adagio
popular: “menos caciques y más indios”, más lógica, menos incoherencia.
Según su definición, la
palabra incoherencia es la “Falta total de unión o relación adecuada de todas las
partes que forman un todo”[2], la cuál explica de manera
precisa lo que sucede en nuestra sociedad y más exactamente en nuestras mentes,
donde lo que se percibe es una posición responsable a nivel ambiental, pero que
no es coherente con la realidad.
El estilo de vida actual
influenciado por la tecnología y los medios de comunicación, genera unas
directrices a través de las cuales se mide el éxito o el fracaso de las
personas. Es así como a mayor cantidad y calidad (en relación con el precio) de
artículos y comodidades tenga una persona, mayor es su éxito. En la mayoría de
los casos dichos artículos y comodidades generan un impacto negativo en el
planeta, pero satisfacen unas necesidades aparentes a las cuales muy pocos
estarían interesados en renunciar y por el contrario trabajan día a día para
poder tenerlas en mayor cantidad.
Es un asunto de
intereses, la constante lucha entre lo General y lo Particular, donde es muy
difícil de manera voluntaria sacrificar algo propio para aportar al beneficio
general. Es una tradición, algo que está en la cultura, en la supervivencia y
que desde hace tiempo nos viene haciendo daño, razón por la cuál la
Constitución Política de Colombia en su Artículo 1, menciona la Prevalencia del
Interés General[3],
como uno de los principios fundamentales.
Probablemente somos una
sociedad enferma que gira en torno a la popularidad y al consumismo[4], donde se muestra una
imagen frente a los demás que no es coherente con lo que se piensa. No sólo
somos hipócritas con los demás habitantes contemporáneos de la tierra, sino que
también lo somos con las futuras generaciones, hablando de conciencia hacia un
futuro que en realidad a muy pocos les importa, mientras se tenga lo que se
quiere en el presente. Actuamos como mitómanos, buscando a través de las
palabras modificar nuestra realidad, como si quisiéramos convencernos a
nosotros mismos, como si las palabras limpiaran nuestro egoísmo, tal vez
usándolas como mecanismo de salida para nuestro ahogo de pecados que no los
condena ninguna religión ni creencia, ni siquiera la ley, pero que muy en el
fondo sabemos que son pecados graves.
Aunque la difusión es
necesaria y muchas veces efectiva a la hora de transformar tendencias y
pensamientos, ¿qué asegura que las palabras se conviertan en acciones
efectivas?. Es frecuente ver campañas publicitárias de productos y servicios que
hablan de conciencia ambiental, pero ¿qué le dan éstas empresas al planeta?,
¿qué tanto ayudan?, ¿qué tan efectivas son?, ¿o será solamente una estrategia
comercial?. Existen entidades que vigilan que las acciones mencionadas se
cumplan, pero ¿Que parámetros usan para vigilarlas?, ¿es suficiente lo que
exigen?, ¿quién lo determina?.
Nuestra región y en
general todo el planeta necesita manos que siembren árboles, comunidades que
limpien ríos o por lo menos que los dejen de contaminar, personas que usen más
eficientemente el agua y la energía,
familias que enseñen a manejar adecuadamente los desechos y sobre todo
mentes coherentes, menos egoístas que sean capaces de visualizar los ciclos de
los artículos que se compran y el daño que éstos causan.
Sin duda cualquier
acción por pequeña que sea sirve y es la sumatoria de éstas la que lograría
detener parte del daño que se le hace al planeta. Ojalá pudiéramos equilibrar y
tener una lógica entre lo que decimos y lo que pensamos, que pudiéramos actuar
más y hablar menos, dejar de soñar con bonitas campañas ambientales y más bien
trabajar en la educación ambiental adecuada de los niños desde la casa. Gastar
menos tiempo en redactar emotivos discursos políticos e invertir más tiempo,
planeación y recursos en estudios que determinen el camino adecuado para
recuperar fuentes hídricas. Dejar de hablar de fatalidades, mostrando un oso
polar sobre un m2 de hielo, o el asesinato de focas para en cambio determinar
que elementos ambientales existen en perfecto estado y luchar por su cuidado.
Dejar de seguir en facebok o twitter organizaciones ambientales y dejar de
poner en nuestro estado frases alusivas al planeta para en lugar de ello
fiscalizar a través de internet las entidades de control y exigir de ellas
resultados. Dejar de hablar tanto y actuar más, no esperemos al día en que las
palabras ni siquiera se las pueda llevar el viento.
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